
Son casi las once de la noche y me acabo de dar cuenta de que la palabra 'gi-eok', que significa memoria, se me acaba de olvidar por quinta vez en la semana. Es irónico, ¿no? La tengo escrita en tres cuadernos diferentes, con tres lapiceros de colores distintos, y aun así mi cerebro decidió que no era lo suficientemente importante para quedarse a vivir conmigo un domingo más.
El drama de las palabras que se escapan
Desde finales del año pasado hasta este inicio de invierno en Trujillo, me he pasado las mañanas tratando de meterle estructura a este caos de querer hablar coreano. Empecé como muchas, copiando frases de los subtítulos de los dramas porque me sonaban bonitas, pero cuando llegaba el momento de usarlas, se me hacían un nudo. Parece mentira que con solo 24 letras básicas del hangul y esas otras 19 entre consonantes dobles y diptongos, el mundo se me haga tan grande cuando trato de armar una oración simple que no sea 'hola'.
Durante las mañanas calurosas de febrero, me frustraba un poco ver que mi cuaderno estaba lleno de listas infinitas de verbos que nunca usaba. El problema de aprender por tu cuenta, entre los turnos de la cafetería y los finales de la universidad, es que el tiempo que tienes es oro y no puedes gastarlo memorizando palabras como si fueras un diccionario. Me sentía estancada en ese nivel básico donde sabes que necesitas unas 800 palabras para el nivel 1 del TOPIK, pero sientes que solo tienes diez bien amarradas en la cabeza.
Entre el café y las servilletas arrugadas
Hace unas tres semanas tuve uno de esos momentos de claridad que solo te dan cuando estás cansada. Estaba en la barra de la cafetería y había poco movimiento. El olor a café recién molido inundaba todo y yo estaba tratando de garabatear la diferencia entre 'bap' (arroz/comida) y 'bang' (habitación) en una servilleta arrugada. Me di cuenta de que mi error no era la falta de memoria, sino la falta de 'escena'. Estaba tratando de aprender palabras como si fueran piezas de un rompecabezas sueltas, sin la caja que te muestra el dibujo completo.
Ahí fue cuando decidí dejar de lado las flashcards de repetición espaciada que todo el mundo recomienda en internet. Sí, esas que te obligan a ver una palabra cada tres días hasta que la odias. Para mí, el vocabulario aislado sin una narrativa emocional se olvida inevitablemente. Si no puedo asociar una palabra con la cara de decepción de un protagonista de drama o con un pedido que me hacen en la cafetería, mi cerebro la borra para dejar espacio a los apuntes de la universidad.
A veces me pregunto si mi rutina para estudiar coreano trabajando y terminando la universidad es realmente lo que me frena o si es solo que el coreano es un idioma aglutinante tan distinto al nuestro que requiere otro tipo de paciencia. El vocabulario cambia tanto según las partículas que le pones al final que a veces siento que una sola palabra son en realidad cinco diferentes.
Cuando el contexto le gana a la memoria
Empecé a probar algo distinto: agrupar las palabras por 'escenas'. Si veía a alguien en un drama pidiendo perdón bajo la lluvia, anotaba esa palabra junto a 'lluvia' y 'paraguas'. No importaba si no estaban en la misma lección del curso que estoy siguiendo. Ya les había contado mi opinión sobre el curso de coreano de cero a experto para principiantes, y lo que más me sirve ahora es usar la estructura que me dan ahí pero llenarla con mi propia vida. Uso las tarjetas de repaso del curso solo para confirmar, pero la verdadera memoria la construyo viendo capítulos sin subtítulos en español, solo para ver si 'pesco' algo.
El momento del 'clic' real llegó hace unos días. Estaba escuchando una canción de fondo en el trabajo, una de esas baladas lentas que ponen para que la gente se quede más tiempo consumiendo, e identifiqué tres verbos seguidos sin dudar. No tuve que pensar en la traducción; simplemente supe qué estaban sintiendo. Sentí esa punzada de orgullo en el pecho que te da cuando entiendes un chiste en un drama antes de que el subtítulo termine de aparecer. Es una sensación pequeñita, pero te hace sentir que los dos años que llevas garabateando en cuadernos han servido de algo.
Un domingo por la noche sin culpas
Hoy es un domingo por la noche después del turno y, aunque mañana tengo que volver a la realidad de la universidad, me siento tranquila. Ya no me castigo si me olvido de 'gi-eok'. Al final, el Rey Sejong el Grande creó este sistema para que fuera fácil de aprender para todos, y yo no tengo por qué convertirlo en una tortura. No busco ser traductora mañana ni dar clases en un instituto elegante; solo quiero que mi 'yo' del próximo domingo recuerde un par de palabras más que hoy.
Si estás como yo, aprendiendo entre cafés y apuntes, mi único consejo de domingo es que dejes de coleccionar palabras muertas. Busca las que tengan vida, las que te recuerden a esa escena que te hizo llorar o a ese café que te gusta preparar. Al final, el vocabulario no se queda en la cabeza por repetición, se queda porque le diste un lugar donde vivir en tu rutina diaria. Ya es tarde y el gato me está mirando como diciendo que ya apague la luz, así que a dormir, que mañana toca repaso suave antes de clase.