
Ya es domingo otra vez y te juro que sigo con el audio de mi hermano dándome vueltas en la cabeza. Me lo mandó hace unos días desde Canadá, se escuchaba el viento fuertísimo de fondo y él me contaba, así como quien no quiere la cosa, que allá la vida corre distinto pero que el frío se aguanta si tienes una meta clara. Yo estaba terminando de limpiar las mesas en la cafetería, ya era tarde y el olor a café recién molido se mezclaba con el sonido de un podcast en inglés que trataba de descifrar mientras pasaba el trapo por la barra. Me sentí un poco chiquita, ¿sabes? Como que mi inglés de colegio, ese de 'the cat is under the table', no me iba a servir de nada para alcanzarlo allá arriba si es que de verdad me decido a dar el salto a finales de este año.
Hacia fines de noviembre, cuando la idea de emigrar dejó de ser un sueño de borrachera y se volvió un plan con fechas, me puse a ver cuánto me saldría estudiar en uno de esos institutos conocidos aquí en Trujillo. Pucha, casi me da un algo cuando vi los precios de las mensualidades y la matrícula. Mi sueldo de media jornada en la cafetería apenas me deja respirar después de pagar la universidad, así que sentarme tres años en un salón a repetir verbos irregulares no era una opción. Ahí fue cuando me dije que, si pude aprender a leer hangul sola en mi cuaderno de flores y hasta entiendo diálogos de k-dramas sin mirar tanto los subtítulos, este examen de certificación no me va a quedar grande. Al final, aprender un idioma es un hábito, no una cuenta bancaria.
Lo primero que hice fue aplicar la misma lógica que con el coreano, pero al revés. En lugar de buscar el 'mejor libro' o el 'mejor curso', me puse a pensar en cómo consumía contenido. Me di cuenta de que el secreto está en dejar de estudiar gramática formal y enfocarse únicamente en consumir contenido nativo con subtítulos en inglés, porque eso acelera la fluidez para emigrar más que cualquier curso estructurado que te tengan meses repitiendo el presente simple. Empecé a buscar vlogs de gente que vive en Toronto o Vancouver, nada de videos para estudiantes, sino gente real contando sus problemas con el alquiler o el supermercado. Al principio no entendía ni la mitad, pero mi oído se fue acostumbrando al ritmo, a esa forma en que se comen las palabras al final.
Un par de semanas después de año nuevo, decidí que necesitaba un poco de orden, algo parecido a lo que hice cuando compré ese curso barato de coreano para no estar tan perdida. Me puse a investigar sobre el Marco Común Europeo de Referencia, que es básicamente la regla con la que miden qué tan bien hablas. Son 6 niveles, desde el A1 hasta el C2, y para lo que yo quiero, que es irme a trabajar y no solo a pasear, necesito apuntar a un B2 por lo menos. Lo loco es que en los institutos te hacen pasar por cada nivel como si fueras un caracol, cobrándote por cada mes, cuando en realidad puedes saltarte los primeros si te expones lo suficiente al idioma en tu casa.
Durante estos últimos tres meses, mi rutina ha sido un caos pero un caos rico. Me levanto un poco más temprano, me sirvo un vaso de chicha morada si hace calor o un café si la mañana está gris, y abro mi cuaderno. Pero no para copiar reglas, sino para hacer algo que llaman 'Shadowing'. Es una técnica que usan los políglotas donde escuchas una frase en inglés y la repites casi al mismo tiempo, tratando de imitar la melodía y el acento. A veces mi gato me mira raro porque me escucha hablando sola en el cuarto con una pronunciación que suena medio fingida, pero funciona. Me ayuda a que los músculos de la boca se suelten, algo que también aplico con los trucos para mejorar la pronunciación del coreano que te conté la otra vez.
Lo que más me ha servido es dejar de ver el inglés como una materia de estudio y verlo como una herramienta de supervivencia. En la cafetería, por ejemplo, de vez en cuando entran turistas. Antes me ponía nerviosa y llamaba al administrador, pero hace poco entró un chico que parecía perdido y me preguntó algo sobre las rutas a Chan Chan. En lugar de entrar en pánico, recordé una estructura que había escuchado en un vlog de viajes el día anterior. Le respondí con lo que sabía, sin pensar tanto en si el auxiliar estaba en el lugar correcto, y el chico me entendió perfecto. Esa pequeña victoria me dio más confianza que cualquier examen de opción múltiple que haya dado en la universidad.
A veces me canso, no te voy a mentir. Hay días en que llego de la chamba y lo último que quiero es escuchar a alguien hablando en otro idioma, pero ahí es donde entra la disciplina de la que siempre hablamos. Me acuerdo de mi rutina para estudiar coreano trabajando y terminando la universidad y me doy cuenta de que el inglés es igual, solo que con otro ritmo. He estado usando aplicaciones gratuitas solo para pulir la gramática que me falta, pero mi fuerte sigue siendo el 'comprehensible input'. Si no te divierte lo que estás viendo, el cerebro simplemente se apaga y no retiene nada.
Ahora mi meta está puesta en las certificaciones oficiales porque, claro, para los papeles de migración no basta con que yo diga que 'hablo bien'. He estado mirando el Duolingo English Test, que es una maravilla comparado con los clásicos. Dura apenas unos 60 minutos y lo puedes dar desde tu casa con tu laptop, y lo mejor es que es mucho más barato que el TOEFL. Muchos lugares ya lo aceptan. También está el IELTS, que tiene esa escala de banda que llega hasta el 9.0. Mi hermano me dice que si saco un 6.5 o 7.0 ya estoy del otro lado para lo que necesito. Ver esos números en el papel me hace sentir que el sueño de Canadá no está tan lejos de Trujillo después de todo.
Al final, amiga, creo que lo que importa es no dejarse asfixiar por el bolsillo. No necesitas el cartón más caro del instituto más lujoso para aprender a comunicarte. Lo que necesitas es curiosidad y un cuaderno que sepas usar. Yo sigo aquí, entre el aroma del café y mis notas en los márgenes de los libros, convencida de que el idioma es una puerta y no una pared. Ya te contaré cómo me va con el simulacro de examen que quiero hacer el próximo mes, pero por ahora, me voy a dormir que mañana el turno en la cafetería empieza temprano y tengo un nuevo podcast sobre vida en el extranjero esperándome en los audífonos.